No suelo asustarme fácilmente y pocas son las cosas que ocasionan que reaccione despavoridamente, quizá ahora un poco más, desde que soy madre, pero generalmente procuro dominar mis miedos; por ello, me es muy sencillo contar con la mano las ocasiones en que prácticamente he perdido la razón a causa de un susto.
La primera vez fue cuando "Chela", una muchacha que le ayudaba a mi mamá con las labores domésticas, nos acompañó a mi hermana, a mi amiga Jessica y a mí a la tienda. Íbamos caminando a la mitad de la calle, haciendo bromas y riendo, cuando derepente vi de reojo que se había caído. Inmediatamente volteé con la intensión de burlarme, pero mi sorpresa fue grande cuando vi que se había desmayado.